La guerra de la “evaluación”


Cuando el hombre primitivo observó el fuego derivado de los truenos o los incendios naturales de ese tiempo prehistórico, evaluó los posibles efectos de ese proceso. ¿Cómo poderlo reproducir para obtener el calor en las largas noches de frío? Era un dilema tan difícil como el de aceptar hoy a las personas que piensan diferente en algunos casos extremos.

El hacha de piedra golpeando otra piedra producía chispas que, alentada con hierbas secas, hacía surgir el fuego. Utilizado éste para cocinar los alimentos produjo uno de los procesos más importantes y revolucionarios de la historia de la humanidad. Los alimentos procesados incorporaron nuevos nutrientes y la ingestión de los alimentos produjo cambios físicos sustánciales en las mandíbulas, el rostro del hombre primitivo fue variando y adquiriendo una expresión diferente. Otras influencias recibió aquel en su humanización pero lo importante es que tuvo que evaluar cómo lo reproducía, para qué le servía y todo el mundo de utilidad que podría proporcionarle. La esencia de este recorrido prehistórico es el de subrayar que la evaluación está inmersa en la actividad humana desde el origen de la sociedad.

La carencia de evaluación en su acepción más amplia (reconocer, estimar o apreciar el valor o mérito de una persona, proceso o cosa) es fatal para cualquier actividad humana. Cuando se habla del término en general no hay desacuerdos teóricos pero cuando se produce el aterrizaje del concepto en la actividad práctica todo se complica; las personas se sienten agredidas y buscan refugio en aquellas organizaciones que dicen representar los intereses de sus agremiados pero que realmente los condenan al oscurantismo y la ignorancia por no decir que convierten en un festival de la vagancia algo tan elemental como evaluar la gestión determinada. Vamos por partes.

En el proceso de enseñanza-aprendizaje, de formación por competencias o de cumplimiento de los objetivos según se adopte el nombre la evaluación es un componente muy importante del proceso. Hasta ahora sólo hemos hablado de la evaluación de los alumnos. De lo que se trata es de evaluar todo el sistema. Parte importante del mismo es la labor del educador.

Los impugnadores de la evaluación del docente dicen que es necesario hacerlo desde el ministro hasta el maestro o profesor. Tienen razón pero aquí se pierden en el camino conceptos básicos.

La máxima autoridad para que el sistema educativo funcione bien es el Presidente de la República. En el ámbito ramal es el Ministro de Educación. Las insuficiencias del sistema que existan son de éste aunque su razón sea histórica. Si nadie en el país cuantitativa y cualitativamente sabe la calidad de las clases que se imparten es responsabilidad del Ministerio y su estructura; desde luego es un tema con mucho pasado de negatividad pero la cuenta es del que está en el momento.

Si se realizará una evaluación del desempeño docente próximamente el Ministerio tiene la obligación de orientar y preparar a los docentes para ello, dar todas las condiciones y luego realizar las evaluaciones que corresponda. El resultado que se obtenga también será del ministerio y su estructura si no se asume así seguiremos viviendo en mundos diferentes y errados. La burocracia no puede funcionar sólo sobre las espaldas de los niveles inferiores de la estructura y echar la culpa a ellos de las deficiencias del sistema.

Es importante profundizar en esto para poder realmente comprenderlo. Es común en todas las enseñanzas que existan docentes que se dan golpes de pecho porque suspenden la mayoría de los alumnos. Algunos docentes de ciencias exactas tienen la vanguardia en esto y son los máximos responsables del odio visceral que algunos estudiantes asumen ante la matemática, la física y la química y que tanto daño produce al país. Estos docentes no asumen como propio el resultado de sus alumnos y la opinión de éstos ni sus resultados es importante a la hora de valorar la labor del profesor. La falta de diagnóstico, atención remedial y pronóstico produce una inseguridad y falta de previsión extraordinaria lo cual conduce a que la eficiencia de cualquier sistema sea imposible de mostrar.

Del mismo modo si no se conoce qué sucede en el aula jamás se podrá evaluar la calidad del sistema incluso aunque los profesores obtengan unos resultados satisfactorios porque pueden adquirirse conocimientos, habilidades determinadas y luego por pereza y falta de control no se ven materializadas en el aula. En muchos casos ciertos docentes se comportan como si tuvieran una doble personalidad: en una sesión trabajan en el fisco y vegetan, no generan nada, no se superan y lo que es peor si lo hacen no lo aplican y continúan con sus actividades con un enfoque que contiene lo más negativo de la educación tradicional. En la otra sesión laboran en un centro privado y se esmeran en su labor cuidándose de no cometer errores que puedan ser señalados por los alumnos o los padres. ¿Por qué? Simplemente porque se quedan sin este trabajo.

Insisto: en algo estoy de acuerdo con los detractores de la evaluación. Las necesidades, carencias e insuficiencias del sistema no son sólo responsabilidad de los maestros, profesores, directores y rectores. Sin embargo, de ahí a declararle la guerra a la evaluación hay un inmenso trecho. Hay que actualizarse y no educar con metodologías y conocimientos del siglo XX o anteriores a los alumnos que viven en el siglo XXI.

Mezclar las elecciones, los votos, la campaña electoral con el tema de la evaluación es tener una visión estrecha del presente y el futuro del país. Dejemos las ópticas que nos hacen permanecer en el subdesarrollo y avancemos con una fuerte mirada hacia el presente y el futuro. Detrás del tema hay mucha política y mediocridad pero nada de ciencia.

Editorial Desde mi Trinchera, 14 de abril del 2009.

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