La forma y el contenido


La Filosofía en nuestro tiempo aparece por momentos como una disquisición innecesaria poco práctica, para algunos una real pérdida de tiempo.

Hace unos años el filósofo mexicano Adolfo Sánchez Vázquez expresó:

“Pero al hablar ahora de los tiempos adversos para la filosofía no nos referimos al hecho, reiterado a lo largo de su historia, del rechazo, por parte del Estado, de determinada filosofía, sino al rechazo actual, por parte de la sociedad, o un sector de ella, de la filosofía en general, y, por tanto, no de ésta o aquella filosofía, aunque esto siga dándose desde el poder vigente”.1

Más adelante al reconocer los valores y la importancia de la misma añade:

“Pero en contraste con los infundios de la ideología dominante, del delirio de los fanáticos políticos o religiosos o de la siembra corrosiva de los renegados, la filosofía nos ofrece con su crítica y su argumentación racional, y con sus diseños meditados de una vida más humana la vía más confiable para navegar hacia un buen puerto, aunque no seguro”.2

Es decir la filosofía es vital para el hombre de todos los tiempos. Como dijo el Papa Juan Pablo II al afirmar que cuando el hombre deje de asombrarse morirá.

Estas reflexiones queremos usarlas de preámbulo para las ideas básicas del comentario presente.

En la Filosofía se manejan múltiples categorías generales, que, también contienen fundamentos para la vida política y la personal.

Un concepto esencial de la forma y el contenido podría ser: Categorías filosóficas que sirven para poner de manifiesto las fuentes internas de la unidad, de la integridad y del desarrollo de los objetos materiales.

El contenido es el conjunto de los elementos y procesos que constituyen la base de los objetos y condicionan la existencia, el desarrollo y la sustitución de sus formas. La categoría de forma expresa el nexo interno y el modo de organización, de interacción de los elementos y procesos del fenómeno tanto entre sí como con las condiciones externas.

De lo anterior resulta que la forma y el contenido aunque contradictorios tienen también que poseer una unidad en cierto modo indisoluble. No podríamos entonces decir que existe un proceso revolucionario sin cambios trascendentes, como tampoco podríamos afirmar que tal mujer es una buena madre si deja a sus hijos abandonados.

En el proceso actual de Revolución Ciudadana se producen cambios fundamentales y se anuncian otros que indiscutiblemente provocarán procesos nuevos para el país. Un nuevo contenido, nuevas fuerzas, han ocupado el protagonismo político, aquellos sin voz ahora tienen manera de expresarse.

Las formas también son nuevas pero es muy conveniente para el éxito del proceso mismo tener en cuenta la cultura, la idiosincrasia y hasta las formas educativas dentro de los antagonismos. No todo el que te critica es tu enemigo, ni todo el que te adula o te aplaude es tu amigo, es una máxima con una fuerte dosis de sabiduría. La altura, la elegancia idiomática para recibir y responder se convierte en un arma muy fuerte en manos del estadista, el respeto al adversario, la consideración de que incluso dentro de mis enemigos hay gente inteligente, da altura a las contradicciones naturales del contexto político.

Muchas de esas contradicciones se ubican entre el nuevo contenido y las viejas formas legales, políticas y hasta culturales. Para que el cambio sea lo más democrático y tolerante posible la persuasión, el uso de nuestro idioma incorpora hasta formas artísticas de hacer política. La política entonces, se convierte además de una ciencia en un arte. Se lucha por el bien de los demás pero sin aplastar a los que imaginamos son nuestros enemigos.

En todo caso el proceso de cambios hay que hacerlos con todos y para el bien de todos. Mientras más sectores se incorporen al nuevo contenido y se busquen nuevas formas, la sociedad podrá asumir el cambio sin traumas. No necesariamente la contradicción entre contenido y forma tiene que ser permanentemente antagónica.

Editorial Desde mi Trinchera, 24 de julio del 2009

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